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Alaska (I): Retransmisión e interrupción del crepúsculo

Hace unos meses, más o menos por casualidad, Cavorite y yo nos hicimos a un par de tiquetes a Anchorage. Planeamos cada día del futuro paseo cuidadosamente y luego nos olvidamos del asunto. Estoy haciendo sonar esto como si hubiéramos ido al pueblo de al lado, pero la realidad de los viajes no suele golpearme sino hasta último momento. Finalmente, llegó el día. Nos fuimos al aeropuerto como si realmente fuéramos a ir al pueblo de al lado. Me llevé un poco de trabajo para el camino porque teníamos una escala larga en Long Beach.

El aeropuerto de Long Beach es una promesa del esplendor del sur de California, que aún no conozco. Es bien pequeñito, pero el cielo azul (que San Francisco no quiso mostrar nunca) y las palmeras nos hicieron la espera más agradable. En los tubos expuestos del techo había pajaritos a la espera de la partida de la siguiente horda de humanos para rescatar las migas que pudieran haber dejado atrás. Un pajarito bajo las sillas era seguido de cerca por dos más. Recogía miguitas y se las pasaba.

En algún momento, durante el segundo vuelo, vi el cielo adoptar aquella familiar franja verde y roja que precede al negro nocturno. Me quedé mirándola hasta que se apagó. Entonces me distraje un rato. Luego volví a mirar por la ventana: la escena había retrocedido y el cielo tenía otra vez la franja verde y roja del crepúsculo. Parecía como si yo me hubiera enloquecido. Pero el horizonte no volvió a apagarse del todo. En esa nueva cuasiluz azulada empezamos a ver glaciares derramándose por entre montañas y pequeños cúmulos de chispas amarillas. Nos acercamos a uno de estos últimos y aterrizamos. Era casi la medianoche.

Bajamos del avión. Un alce disecado en pleno pasillo del aeropuerto nos dio la bienvenida a Alaska.

Camas heladas

Hace frío.

En realidad hace sol, pero su única función es iluminar y engañar a la gente, haciéndole creer que este es un día espléndido. Va uno a ver y no. En este momento la temperatura es la misma aquí y en Anchorage, Alaska.

Anoche me metí a la cama a eso de las diez de la noche. Me abracé y me hice un ovillo mientras intentaba conciliar el sueño. Un rato después apareció Cavorite. Quise acercarme a él en busca de calor corporal pero tenía las manos escandalosamente heladas. Salté al extremo del colchón como si me hubiera pasado corriente. Me puse a temblar. Entonces trajo una cobija extra y por fin pude hacerme otra vez un ovillo, esta vez recostada contra él, cerrar los ojos y quedar fundida.

Acabo de caer en cuenta de que hace unos trece años estuve en una situación parecida.

El apartamento de Minori en Dubuque, Iowa, tenía un sistema de calefacción sumamente débil. La casa donde se suponía que yo vivía era bien calientita, pero quién quiere estar tostadito y cómodo en soledad cuando se pueden pasar penurias en compañía. El edificio donde vivía Minori se estaba hundiendo hacia un lado. Si uno ponía una botella quieta en el piso, esta empezaba a rodar (hicimos el experimento). Se podía sentir el mareo de estar ligeramente de cabeza si uno se acostaba del lado que no era.

El invierno llegó rapidísimo a Iowa y los radiadores del apartamento se encendieron, pero no había mucha diferencia entre eso y nada. Por la noche yo me ponía una pijama de manzanitas que me había regalado mi abuela, me tendía de costado y empezaba a patear frenéticamente para que la fricción calentara las sábanas. No era posible quedar dormida de primerazo. No entiendo por qué nunca le buscamos una solución al asunto, con lo fácil que era. Creo que ese año no le busqué solución a nada. Volví a Bogotá con diez kilos de más.

El apartamento en San Francisco también tiene radiador, pero no sabemos cómo funciona (si es que lo hace). Al menos las noches aquí solo alcanzan los 9ºC en vez de -23ºC, pero temo que mi resistencia al frío ha empeorado. Quisiera rematar con algo bien cursi sobre el amor y los abrazos y el calor, pero lo único que puedo declarar es que necesito una pijama más gruesa.

Reflexiones inconclusas en Copacabana

En la anterior entrega de este diario de viaje, dejamos a mis amigas en un bar de samba mientras yo dormía. Pues bien, ellas volvieron a la casa a las 3 o 4 de la mañana con historias de encuentros surreales con chicos hermosos y cuentas pagadas por desconocidos. Y muchas caipirinhas. Todo eso me hizo pensar en mi condición actual de no-del-todo-soltera, cosa que no lamento pero que tal vez habría interferido con la experiencia de anoche si hubiera ido. Debo confesar que pienso mucho en Cavorite. Sería bonito cantar juntos La Bossa Nostra bajo el sol de Copacabana (preferiblemente sin quemarnos).

Almorzamos bolinhos de bacalhau, frango à passarinho y yuca frita en un puesto junto a la playa en Copacabana. Luego nos echamos a descansar frente al mar. El sol ya no brillaba tanto, pero de todas formas me cubrí generosamente con diversos productos bloqueadores recién comprados en una droguería frente a la entrada del metro. Hasta chapstick especial llevé, porque esta mañana los labios se me estaban descascarando cual papel de colgadura viejo. Al final de la tarde paramos por una tienda de jugos y probé uno de cacao. No sabía a chocolate.

En la playa estuve pensando acerca de una cuenta de Instagram que había visto la otra vez, cuya dueña era muy delgada y salía en bikini y todos la alababan. Para una persona blandita como yo, vencer el temor de exponerse en la playa en bikini es relativamente fácil. Al fin y al cabo, a la playa va todo tipo de cuerpos y a nadie le importa. Sin embargo, creo que esa liberación aún no llega a traducirse en las fotos. ¿Cómo sería si la del bikini en Instagram fuera alguien como yo, con pliegues en la panza? Seguramente pocos comentarían directamente, pero haría las delicias de grandes y chicos con mi cuerpo feo, o algo así. (A veces pienso que es más fácil ser una voz del feminismo cuando se es convencionalmente atractivo. A Gloria Steinem le funcionó y ella misma lo acepta. Es una paradoja tremenda.) Se me acaba de ocurrir que al no publicar fotos con mi panza blandita estoy ayudando a perpetuar la idea de que solo las ultraflacas/megaatléticas tienen derecho a salir en fotos en bikini. Tengo que ponerme a hacer harto ejercicio y decirle no al bolinho de bacalhau para ganarme el derecho de… ¿ser un objeto? Esto está difícil y yo tengo que madrugar mañana. Le voy a echar cabeza.

Empiezo a pensar que no sería mala idea seguir estudiando rudimentos del portugués aún después de regresar a Bogotá. Lo poco que entiendo ha sido útil. Además, tengo la impresión de que algún día volveré a este país.

2014 (Reprise)

Cartagena – San Francisco – Point Reyes – Sonoma – Pescadero – Santa Cruz – Davenport – Isla de Pascua – Medellín – Popayán – Cali – México, D.F. – Teotihuacan – San Francisco – Point Reyes Station – Marshall – Santa Cruz – Villa de Leyva – Ráquira – La Dorada.

Qué año tan plácido. Plácido o falto de emoción. Feliz. Un año de depuración. Me deshice (y me sigo deshaciendo) de un montón de cosas que no necesito en mi vida. Objetos, vínculos, hábitos. Hasta peso perdí.

Mi vida laboral sufrió un sacudón violento pero necesario. Tomé un curso de interpretación médica. Conocí a Michael Sandel, a Ken Segall y al inventor de la kinesio tape. Estuve en un almuerzo con Joe Sacco y me dijo que soy muy buena intérprete. Manuele Fior me dio un beso en la mejilla.

Armé un mueble con Cavorite. Probé quesos y cervezas con Cavorite. Me fui de roadtrip con Cavorite. Estuve en un concierto de Franz Ferdinand con Cavorite. Comí ostras recién abiertas por Cavorite. Recogí fresas en un huerto junto al mar con Cavorite. Me enfermé del estómago y casi me desmayo encima del lecho de muerte de Frida Kahlo pero me cuidó Cavorite. Tengo mil y un recuerdos felices con Cavorite.

También hubo momentos dolorosos. Me fui entre una zanja en México y de milagro no me partí la pierna. Misaki tuvo un accidente y perdió un ojo. Sin embargo, ver How to Train Your Dragon me ayudó a entender que estará bien, que de hecho ya está bien y debo estar feliz de seguir con ella. Tener un perro es hermoso y durísimo al mismo tiempo.

Y como siempre, la sensación de continuidad. Nada empezará para mí cuando despierte mañana: volveré a la casa a cantar como siempre, a dibujar como siempre, a trabajar como siempre. Estoy muy contenta, a decir verdad.

Work from Home Day

Los jueves son días de teletrabajo en la oficina de Cavorite. Para mí casi todos los días son días de no ver a nadie. Nunca habíamos aprovechado para trabajar juntos, hasta ahora. Aunque en realidad no estamos juntos juntos: Cavorite está en el comedor y yo en el escritorio del cuarto. Desde nuestros respectivos puestos no nos vemos y tampoco nos oímos. De cuando en cuando uno de los dos se da una vueltecilla para descansar la espalda y saludar al otro.

En la mañana, antes de separarnos, hablamos de la tortura que son las oficinas abiertas: la empresa le pide a uno que dé el extra y sea súper productivo, pero es como esos concursos de televisión donde uno tiene que cumplir una misión que requiere mucha concentración mientras evade huecos, salta obstáculos sorpresa y le llueven pasteles encima. Entonces uno está dispuesto a hacer su trabajo pero al mismo tiempo tiene que ver cómo se las ingenia para ignorar las entrevistas de la radio que domina la sala, la conversación interminable de los dos del frente, el ruido de la chuzografía del de al lado, la vibración del escritorio por las piernas inquietas algún otro, el timbre incesante del celular de uno que está chateando más allá, y encima la mirada vigilante del jefe que realmente espera que uno esté súper enfocado y dé resultados en ese ambiente laboral.

A mediodía —tras dejarle a Cavorite en la mesa un dibujito donde soy un esqueleto sentado frente al computador esperándolo para almorzar— fuimos por takeout a un restaurante pakistaní. También pasamos por nuestra librería favorita para llevarnos un libro enorme de cocina con el que queremos ver si hacemos algo interesante. En el camino nos dieron una muestra gratis de los jugos de una nueva juguería. “Cold-pressed”, dice el letrero a la entrada del lugar, al igual que prácticamente todos los avisos relacionados con bebidas de frutas que uno pueda ver por estos lares. Puras ganas de meterle participio adjetivado a todo para cobrar más.

Después del almuerzo nos tomamos un té y comimos chocolates de los que siempre traigo del aeropuerto de Bogotá. El sol se puso en algún momento, seguimos trabajando hasta que no pude más del tedio y nos acabamos las sobras del almuerzo con agua de flor de jamaica y aplanchados de postre.

Ahora yo estoy escribiendo esto a modo de break (traduzco un par de frases entre párrafo y párrafo) y Cavorite está leyendo en la sala. Pronto nos iremos a dormir y mañana madrugaré a terminar el trabajo.

El baile random

Nadie nos ve cuando hacemos el baile random. Es nuestro pequeño baile de victoria y lo hemos hecho en cada rincón del mundo donde nos hemos encontrado porque en todos lados nos ha pasado algo digno de celebrarse así. Siempre es diferente (después de todo, es random) y por ende no lo voy a describir.

El baile random no es algo que nos inventamos juntos: yo tenía el mío propio antes de conocerlo a él —mi ex lo detestaba—, y hay indicios de que él también tenía uno. Creo que la primera vez que salió a flote entre nosotros fue cuando entramos al cuarto que habíamos alquilado por Airbnb en Amsterdam y era mucho más bonito de lo que habíamos imaginado.

A veces me pongo a pensar en cómo algo que mi ex detestaba, y que tal vez hubiera sido mejor reprimir en pos de la conservación de nuestros afectos, resultó ser un aspecto natural de mi relación con otra persona. Es como verse empujando una pieza de rompecabezas entre otra donde las líneas de la imagen parecen corresponder pero uno no entiende por qué hay que hacer un poquito de fuerza para que encajen —”¿estarán mal cortadas?” se pregunta uno, tozudo que es—, y además desde donde uno está sentado no alcanza a ver que quedan espacios minúsculos entre pieza y pieza. Aparecen otras piezas alrededor y de pronto la diferencia imperceptible se hace patente: esa no era. Toca resignarse a despegarlas con la desilusión de no estar avanzando donde se creía tener terreno ganado.

Pero entonces uno saca otra pieza distraídamente de entre la caja y no sé cuál es la onomatopeya para la sensación y el sonido imperceptible del roce de dos pedazos de cartón recortado ubicándose perfectamente en su lugar, pero eso es lo que pasa cuando se encuentran dos personas que hacen el baile random cuando las cosas salen muy bien.

Orangina générique

Esta mañana he pasado un buen rato pensando en una Orangina genérica que no me quise tomar en Suiza. Es una anécdota súper tonta: probé la Orangina en Francia, me gustó, volví a Suiza, la persona que me estaba alojando se encontró algo parecido a esa bebida en una máquina expendedora del lado francés de su lugar de trabajo, me la trajo, me puse brava porque no era lo mismo. Han pasado cuatro años desde el episodio y todavía me siento mal.

Debe ser porque estoy viendo la memoria desde este futuro como quien ve una película cuyo final ya conoce y le dice al personaje (que obviamente no escucha) “te vas a enamorar de él y te vas a arrepentir de ser tan mala gente”.

Supongo que no debería importar porque en otra parte de la película el personaje sabe que no se van a ver más y se recuesta contra el pecho del tipo de la Orangina genérica y llora y le deja toda la pestañina en su camiseta amarilla. Pero se vuelven a ver. Y luego no y luego sí y luego no y luego sí.

Así que ya lloré lo suficiente.

Y tampoco tiene caso pensar en lo malo anterior porque ahora todo está bien. Espero que mi yo del futuro pueda ver este momento y se ría y me diga que todo sigue estando bien, y que la Orangina no importa.

Reflexiones en DFW

Desperté a la 1:40am, angustiada sin saber por qué. Tenía la certeza de que no debía quedarme dormida pero al mismo tiempo esa idea carecía de sentido. La luna llena brillaba a través de las persianas. Segundos después caí en cuenta de que hoy me iba. Qué decepción.

Esta despedida fue muy diferente de las anteriores: como San Francisco queda en el futuro (así los husos horarios digan lo contrario), uno puede alquilar por Internet un auto parqueado cerca de donde uno está y la magia de la tecnología abre el carro cuando uno hace clic en un link en el celular. Cavorite escogió un Mini Cooper plateado de un parqueadero sobre la calle Dolores, pasó a recogerme frente al edificio y nos fuimos al aeropuerto. Debo decir que partir así duele muchísimo menos que subirse a una van que siempre llega veinte minutos antes de lo previsto y sentirse arrancado de repente de una vida a la que uno ya se había acostumbrado. Peor aún si es la vida que uno quisiera que fuera la de siempre.

Todavía no he llegado a Bogotá; estoy haciendo una escala larga en Dallas. Llevo horas viendo aviones partir frente a un horizonte inmeeeeeenso bajo el cielo azul claro. Cuando el primer avión despegó desde San Francisco, vi la ciudad cubierta de niebla y lo único que se me ocurrió fue que esa sería una buena foto para Instagram. Me sentí mal por pensar bobadas de redes sociales y decidí dibujar el recuerdo de aquella vista. Aún no lo he hecho. He ahí el problema.

He pensado mucho durante este viaje. He acumulado rabia. Rabia de la buena, supongo, de la que le hace a uno pensar que los cambios logrados hasta ahora no son suficientes y que hace falta algo más. O que el cambio no se limita al deseo del mismo sino a su ejecución, con todo y el terror que ello conlleva. Terror. Llevo años fortaleciendo fobias que han distorsionado mi mundo y estoy cansada de vivir así. Me devuelvo al apartamento si oigo que alguien viene subiendo las escaleras para no tener que cruzármelo y decir “hi”. Me invento actividades o lecturas supuestamente interesantes (léase “le doy clic a cualquier cosa”) para no empezar las cosas que quiero/debo hacer (como el dibujo del que hablé, por ejemplo). Mis blogs se mantienen a duras penas por esta razón. No obtengo muchas cosas que quiero por la combinación de mi fobia a empezar y mi fobia a hablar.

Hace poco me di cuenta de que muchas personas me están haciendo barra para que yo saque así sea un mísero dibujo al día. Cavorite lo intenta de todas las maneras posibles y yo sigo reticente a abandonarme al hábito. Hace poco conocí a Maria C., una amiga de la universidad de él, e incluso ella me manda mensajes preguntándome por el dibujo del día. Y no entiendo por qué lo hacen pero les agradezco desde el fondo de mi alma; hasta me dan ganas de llorar de pensar en esto porque cómo es posible que alguien se tome el trabajo de decirle a otra persona que dibuje, y peor aún viendo a los verdaderos dibujantes que no sueltan el cuaderno ni un solo instante. No me explico cómo puede ocurrir que una actividad que uno adora le puede dar a uno tanto miedo y uno se pueda dar el lujo de posponerla indefinidamente.

Pero no quiero que las cosas sean así por siempre. Tengo rabia y quiero que la rabia se acabe. Temo que esta sea otra declaración de lucidez temporal que tan solo acabará en otra semana sin dibujos ni ukulele ni posts, y otra y otra. No puedo seguir siendo así. No puedo seguir pensando que la cobardía me define.

Llegó la hora de abordar el último vuelo. Bogotá es otra de las cosas que me dan rabia y no quiero más, pero también tengo que dejar de verla como un destino inexorable. Una vez más, el deseo por sí solo no siempre lleva a la acción. A la rabia, en cambio, empiezo a tenerle un poco más de fe.

Haber visto llover

Hace poco alguien preguntó en qué ciudades ha visto uno llover, pero como no me gusta la lluvia, no recuerdo mucho. Sin embargo, a modo de excusa para escribir, rememoraré unos cuantos chubascos.

Tokio (2006). La primera semana de mi vida en Japón tuve que comprar una sombrilla de ¥100 en una tienda de Akihabara. Creo que en realidad costó ¥500 precisamente porque estaba lloviendo. No era transparente como la que usaba Charlotte en Lost in Translation cuando atravesaba el famoso cruce de Shibuya y yo soñaba con emular esa película de algún modo, así que después me compré otra que sí lo era. No duraron mucho. Con el pasar del tiempo me volví un repositorio de sombrillas transparentes dañadas. Mis primeras expediciones por Tokio estuvieron casi siempre acompañadas de lluvia, así que el color gris suele remitirme a mis primeras impresiones de la ciudad.

Kamakura (2006/2009). Chee Siang, Cora y yo fuimos a Kamakura en verano y no fue exactamente el mejor paseo del mundo. Nos bajamos en una estación muy lejana, así que tuvimos que caminar un montón para llegar al templo del Gran Buda. Afortunadamente había una tienda de ¥100 en el camino y pudimos comprarnos impermeables, porque del mal genio ya casi ni hablábamos. Además, las constantes quejas por todo de mis compañeros de curso y viaje no ayudaban en absoluto. Me prometí arreglar ese mal recuerdo algún día. Años después llevé a Cavorite a conocer el Gran Buda bajo el cielo más azul del que tenga memoria. Había pasado un tifón la noche anterior y en todos los balcones había ropa puesta a secar. Fue uno de los días más felices de mi vida en Japón.

Huế (2008). En nuestro viaje por Vietnam —creo que la única verdadera aventura que he tenido—, Yin y yo teníamos una parada obligada de un par de horas en Huế, la antigua capital del Imperio Nguyễn. Tomamos entonces un tour expreso que incluía algo de tiempo en el Palacio Imperial, un complejo enorme que de ninguna manera llegaríamos a ver completo. Llegamos en medio de un aguacero torrencial, compramos un par de sombrillas arco iris completamente dañadas que la vendedora se negó a cambiar y nos pusimos a atravesar exquisitas estructuras antiguas ennegrecidas de barrizal en barrizal.

París (2010). Cavorite y yo veníamos del Museo de Orsay con muchas ganas de conocer la galería de paleontología que queda a un costado del Jardin des Plantes, pero apenas vimos la puerta cerrada se desgajó el aguacero y nos tocó meternos a un McDonald’s a escampar. Algo compramos para tener acceso al wifi y al baño, y cuando murieron nuestros computadores decidimos dejar de perder el tiempo y salir a la Biblioteca Nacional.

Buenos Aires (2010). Nunca he visto nubes más negras que las que cubrieron la ciudad cuando mi hermana y yo nos disponíamos a salir de su apartamento. El paisaje a través de las ventanas se desfiguró por completo y debimos conformarnos con ver The September Issue en mi computador.

Cosas que olvidé mencionar de 2013

  • Me reencontré en Buenos Aires con Masayasu, mi amigo de Tsukuba
  • Me salió un lunar nuevo en la palma de la mano (durante varios días creí que era una mancha de tinta, ya que su aparición coincidió con los primeros días de clase en la Universidad de Hawaii)
  • Vi a Les Luthiers en vivo
  • Visité Fallingwater
  • Conocí la sede central de Twitter (y probé su exquisito café helado)
  • Vi flamencos aprendiendo a volar
  • Me corté un dedo con mi propio pelo
  • Me hice dejar de un vuelo a lo Before Sunset
  • Fui un personaje de cómic
  • Me metí a un gimnasio (con variados grados de disciplina)
  • Volví a un karaoke japonés después de muchos años (aunque no en Japón)
  • Conocí a uno de los intérpretes de los Juicios de Núremberg
  • Le compré a Cavorite un tajabananos
  • Recibí libros con bonitas dedicatorias
  • Me robaron la maleta (y luego me la devolvieron)
  • Me desmayé