Memorias de quien no empieza, no sigue, no termina

Hoy, en mi caminata diaria, estuve pensando en lo mucho que me cuesta empezar las cosas. Cada vez me cuesta más. La caminata misma me costó un montón. Y cuando las empiezo, no las termino. Sin ir más lejos, este blog está lleno de borradores semiabandonados. Digo “semi” porque dejo las pestañas abiertas para que no se me olvide seguir escribiendo, pero lo único que consigo con eso es abarrotar la memoria de mi pobre computador y, de paso, abarrotar también mi cabeza.

¿Siempre fui así?, me pregunté a pocas cuadras de mi casa. En el camino me había encontrado con cosas de las que quería hablar pero siempre se me olvidaba sentarme a escribirlas. Haciendo memoria encontré lo que parecen ser algunos indicios: en ciertos momentos complicados de mi vida, relacionados con nudos en el corazón difíciles de desenmarañar, caí en un estado de completa incapacidad para hacer mis trabajos de la universidad. Recuerdo, por ejemplo, una página en blanco sobre la cual no se materializó ni media palabra durante mi primer viaje a Europa. Aún puedo ver la pantalla, con el rectángulo vacío, rodeada de la habitación en Ginebra donde no se me ocurría nada. Otra instancia aún más antigua de este fenómeno está registrada en este blog. Sin embargo, a modo de contraejemplo, debo mencionar que mi tesis de pregrado salió rapidísimo con un corazón roto.

Sea lo que sea, lo cierto es que el constante influjo de entretenimiento fácil no le hace a uno ningún favor cuando uno sufre de dificultades para empezar las cosas, especialmente si las cosas tienen que ver con la expresión personal. Las ideas propias se ven ahogadas por las pantallas como una laguna infestada de buchón. En estos días, después de una larga racha de productividad, caí en el falso encanto de las noticias y las opiniones. Horas de mi vida perdidas. Y las cosas que quería decir, desaparecidas en acción.

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Interrumpimos este programa para dar un breve anuncio: En un momento de distracción mientras escribía esto me acabo de enterar de que un artículo que traduje hace años salió publicado en un libro. Yo hago mi trabajo sin darle mayor importancia (más allá de la exigencia que me impongo a mí misma) y casi nunca me entero de lo que pasa con el producto final. Todo es un encargo de alguien más y lo olvido en cuanto lo entrego. Según el editor, hice un trabajo espléndido. Vaya. Bueno, pues qué dicha.

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