El molino del Sabio Caldas

Un buen día, más exactamente anteayer, me hicieron subir a un carro sin explicación alguna y me llevaron a toda velocidad por una carretera estrecha y sinuosa escondida entre las montañas. Hasta ese entonces, yo había conocido muy poco de la belleza del paisaje caucano pese a mis conexiones locales, pero dada mi falta de agencia en el momento, no me sentía en capacidad de aceptar que esa fuera la mejor manera de experimentarlo. Sobre el tablero del carro un celular mostraba una hora de llegada, pero en mi reloj esa hora llegó y pasó y seguíamos avanzando, curva tras curva tras curva sin ningún destino a la vista. Finalmente empezaron a aparecer casitas empotradas en la ladera y, poco después, una pequeña red de calles rodeando un parque. Se trataba de Paispamba, cabecera municipal de Sotará.

(Dato curioso: En Colombia existen alrededor de cuarenta municipios heteronominales, es decir, aquellos cuya cabecera municipal se llama diferente. Un ejemplo tristemente famoso es Armero, cuya cabecera municipal actualmente es Guayabal.)

En el carro se oyó una mención de un buen almacén de fresas en lo alto de una vía empinada, pero al subir lo encontramos cerrado. Pensé que ese era el objetivo de la misteriosa misión, que había fracasado y que ahora nos devolveríamos. Pero no. Nos alejamos del centro poblado por una carretera aún más estrecha y aún más boscosa, y un bisbiseo que venía del puesto del conductor me dio a entender que estábamos en la búsqueda de un molino. Por qué era tan necesario ver un molino, me pregunté, molesta. No obstante, sabía que no podía hablar, y mucho menos cuestionar los motivos de este viaje espontáneo.

Tras una bifurcación en la vía destapada, el carro se detuvo frente a una estructura pequeña y blanca pegada a una cuesta, por la cual bajaba un canal de piedra con flancos de madera. Eran tablas muy viejas, larguísimas, como si alguien hubiera tajado hace siglos un árbol por todo lo largo. Al otro lado de la vía pedregosa, frente a un muro de eucaliptos altísimos, crecían cardos de enormes flores moradas. Había una quebrada muy cerca, a juzgar por el constante murmullo que amortiguaba el silencio. Vinimos a enterarnos entonces que nos hallábamos ante un molino de trigo que había diseñado Francisco José de Caldas cuando tenía diecinueve años. Por la manera como se presentó esta información, percibí que había una especie de obligación de sentir orgullo patrio, o al menos admiración, por esto que estábamos presenciando. Al fin y al cabo, la estructura databa de 1787. A mí, empero, me tomó tiempo aclimatarme a la idea de que esto valía la pena.

Me pregunté si el molino estaba abandonado. Se encontraba en muy buen estado, sin maleza ni grafitis, lo cual era sorprendente para un lugar aparentemente dejado a su suerte. Aparte de una valla informativa un poco retirada, carecía de cualquier elemento interpretativo, como para pensar que era una atracción turística activa. Tal vez su ubicación recóndita la protegía. Exploramos la casita con curiosidad, por dentro y por fuera, preguntándonos cómo funcionaría el molino, por dónde saldría la harina y cómo la recogerían. Conjeturamos pero no llegamos a ninguna conclusión. Después de recorrer brevemente la bocatoma que lo alimentaba desde más arriba, se nos ocurrió meternos en una especie de túnel que la atravesaba por debajo para conocer el resto de su maquinaria. Entonces la paupérrima linterna de nuestros celulares perturbó el sueño de unos murciélagos y salimos corriendo.

En algún momento se detuvo muy cerca de la casa una moto con dos jóvenes mucho más abrigadas que nosotros. Lejos de percatarse de nuestra presencia, una de ellas se dedicó a ayudar a la otra a sacarse una pestaña del ojo o algo así. Estaban muy concentradas, pero también se reían. No quise entrometerme, así que aparté la mirada para que pudieran cumplir su cometido en paz.

Cuando consideramos que ya no había más por descubrir, nos tomamos una foto frente a la casa del molino. Entonces dedicamos unos instantes a apreciar el bosque circundante y, cuando eso también nos pareció suficiente, volvimos al carro. La noche se metió como betún entre los pliegues de la montaña y salpicó de luces el valle que se desplegaba a un lado. A lo lejos resplandecía la ciudad que nos esperaba de vuelta. Varios minutos después, detrás de las ramas y las ventanas de una colina imposible de discernir, vi alzarse una luna llena gigantesca, dorada, un poco difuminada por la bruma.

El paseo se acabó y nadie más dijo nada.

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