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    2011 - 04.06

    Era mi último día en Japón y yo tenía que empacar. Estaba en una especie de tienda por departamentos bogotana vieja y mi ropa estaba colgada en ganchos que se parecían a los mostradores del Only o un almacén por el estilo. Pensaba que si había mucho que botar no necesitaría tanto tiempo para empacar. Había muchos ganchos sin ropa dentro de la maleta. Pensaba sacarlos pero después. Había promoción de interiores en la tienda y yo quería comprar varios, pero me quedaba intentando calcular cuánto sería el total y cuántos debería comprar para no gastar demasiado. Creo que estaban a ¥157 cada uno. Baratísimos.

    Estaba cerca de una estación de tren y mi papá hablaba de lo bien que estaba Japón, pero yo le señalaba un letrero que mostraba los lugares donde había apagón en Tsukuba (eran muchos) y le decía que no, que Japón en realidad estaba bastante mal. Ya en la estación, llegaba Minori a acosarme. Yo le pedía que no me tocara. Él decía que me había tocado antes. Mi papá aparecía y nos metíamos en un tren que se cerraba en las narices de Minori. Minori me hacía todo tipo de gestos obscenos. Yo le decía que se muriera pasándome el dedo índice por el cuello.

    En el tren aparecía Utsumi Sensei (profesor de Gaidai) y me hablaba en japonés/inglés/español sobre el pan con alverjas en la tradición japonesa.


    2010 - 01.23

    Llegaba a Nueva York y aparecía un hiphopero puertorriqueño que aseguraba que nos habíamos encontrado en 2008. No sé por qué le creía, tal vez por cortesía (como cuando a uno le dicen “¿te acuerdas de mí?” y uno “sí, sí” pero en realidad ni idea). El señor me acompañaba al barrio donde vivía Minori, me ayudaba con mi maleta de mano e intentaba besarme pero se arrepentía por ser casado. Yo pensaba en Cavorite.

    Después de caminar mucho por calles llenas de casas de colores, llegábamos a nuestro destino y yo me daba cuenta de que mi maleta más grande no estaba por ninguna parte. Le preguntaba al puertorriqueño, quien me decía que se había quedado en el aeropuerto. Desesperada, intentaba devolverme, pero el hiphopero me decía que era peligrosísimo, y los buses que salían desde ahí solo iban a La Guardia (¡como los buses que salían del barrio de Minori de verdad!). Entonces de un edificio emergía Minori al haberme oído gritar y espantaba de algún modo al señor, llamándolo timador y no sé qué más. Me invitaba a pasar y me empezaba a regañar que por boba e ingenua.


    2009 - 08.28

    Anoche soñé que la policía de inmigración de Estados Unidos nos detenía a Minori y a mí para interrogarnos. Al parecer querían comprobar que yo realmente estudiaba en Japón, así que preguntaron cómo fue que terminé yo acá. Minori y yo nos mirábamos y contábamos que alguna vez habíamos estado cuadrados, y que él había empezado a enseñarme japonés, lo cual me había llevado a interesarme por Japón en general. Él estaba vestido con un kimono blanco (lo cual es raro porque los hombres solo usan kimono gris, negro o azul) que tenía las mangas bastante sucias. Nos mirábamos con bastante ternura, lo cual creo que contrasta por completo con la realidad que vivimos entre la semana pasada y esta.

    Cinco sueños


    2008 - 03.20

    Tomado de Doblepensar.

    1.
    En bus en San Francisco. Desde la ventana observo lujosos edificios de apartamentos. Se alcanza a ver que tienen lámparas de araña, cortinas blancas y cielorrasos altos. Pienso que jamás podré tener un apartamento grande en una ciudad hermosa.

    2.
    Paseo a San Francisco. Trato de ir a los mismos lugares que visitara con Minori en 2003, pero resulto en un hospital gigantesco donde los pacientes, ancianos en su mayoría, rezan sin parar, como resignados a esperar su muerte. Incendio en el hospital. Los pacientes calcinados parecen momias y aparecen por doquier. Abro una puerta, me abro paso por entre dos momias y de repente soy un niño de diez años jugando a la vera de un río.

    3.
    Vivo en un lugar laberíntico, en un barrio lleno de papelerías. Al parecer el sitio donde vivo queda en un piso alto de uno de muchos edificios cuyos primeros niveles están dedicados a estos negocios; los callejones se parecen a los que viera en Shinjuku en 2006. Inclusive los dependientes son japoneses. Sé que pronto tendré que mudarme, lo cual me aflige ya que adoro las papelerías y los intrincados corredores de este lugar están cubiertos de estanterías repletas de libros. Recorro el lugar sin rumbo fijo. Me encuentro con Gianrico en un espacio amplio, entapetado, y sostenemos una conversación. Noto que usa botas vaqueras color fucsia.

    4.
    He sido forzada a trabajar de hostess para un señor igualito al viejo sádico de L’Histoire d’O, quien a su vez se parece a Julio Del Mar. Mis amigas del colegio están ahí también y comentan que ninguno de los bikinis disponibles para que nos pongamos me quedan. “Necesitas un bikini muuuuy grande”, me dicen. No estoy dispuesta a venderme y estoy angustiada. El viejo sádico me regaña por quejarme, y yo le digo que cuando me examinaron “me tocaron como a una mesa”. Pido permiso para ir a una droguería y conseguir Veet para depilarme las piernas. Mi cliente, estudiante setentero de Yale, canta “Hablemos del amor” de Raphael y pregunta por mi veredicto. Le digo que Raphael canta mejor. Me alivia enterarme de que mi cliente sólo quiere que cante bolero para él y sus amigos. Aún así, estoy obligada a ponerme el dichoso bikini, pero el viejo sádico y el cliente setentero me interrumpen repetidas veces, ya sea para regañarme o para contarme anécdotas.

    5.
    Nado en una piscina natural dentro de una gruta a la que le llega la luz del sol desde arriba. Me sorprendo de mi propia habilidad en el agua. De pronto alguien me hace notar que la piscina está llena de ratas muertas. Con más asco que terror procuro evadir sus peludos y grises cadáveres mientras salgo de ahí.