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    2011 - 01.29

    No tengo claro lo que pasaba al principio de este sueño. Recuerdo un concurso de belleza en el que algunos amigos (gente que no existe en realidad) querían que participara una mujer que no era delgada. Se veía linda en su trusa de lentejuelas rosadas. Alguien se oponía. Era un médico joven. Decía que hablaba en latín. Intentaba engañarnos hablando en español, pero yo lo delataba. Él insistía que eso era latín. Yo le decía que máximo hablaba un idioma descendiente del latín vulgar. El médico se ponía furioso, sacaba una motosierra y cortaba por la mitad (desde la entrepierna) a Abraham Lincoln, quien estaba parado ahí al lado de un personaje bíblico. Se podía ver que al mismo tiempo brotaba sangre del personaje bíblico, como si la sierra también lo cortara a él. Estos acontecimientos originaban el fin del mundo y la destrucción de todos los vivos y todos los muertos.


    2011 - 01.12

    Acababa de teñirme el pelo de rubio. Me veía chistosa pero no del todo mal. En todo caso sentía que había arruinado mi pelo larguísimo. Decidía ir a Tokio un rato, así fuera solo para entrar a H&M y comprar algo de ropa. Tomaba el Tsukuba Express. A mi lado se sentaba un extranjero y empezaba a manosearme. Me cogía por la cintura, me sentaba sobre su regazo y me tapaba la boca. Empezaba a gritar pero no se oía mucho, aunque estaba haciendo el suficiente escándalo para que se dieran cuenta los otros pasajeros y llamaran a la policía. Me daba cuenta de que tenía el ukulele en la mano y empezaba a pegarle con él, pero luego se lo entregaba a una señora y seguía dándole puños. Lo aprehendían y el tren volvía a la normalidad, pero me sentaba y sentía que el puesto olía al perver. Me daba mucho asco y se lo decía a un señor japonés que estaba sentado al lado mío. Pedía mi ukulele y me traían dos, pero ninguno era el mío. Me quejaba, explicaba en japonés que se lo había entregado a una señora, pero no recordaba la cara ni el vestido de la señora.

    A mi lado resultaba otro extranjero muy parecido a Philip Seymour Hoffman que tenía una caja de guitarra abierta y la gente le echaba dinero pese a que no estaba tocando nada. Conversábamos y me caía súper bien. Le decía que deberíamos volver a hablar. Me daba una tarjeta de presentación para que escribiera mi teléfono detrás, pero me costaba escribirlo. El esfero que me prestaban no pintaba bien y olvidaba los últimos dígitos. Por accidente le entregaba la tarjeta a una anciana japonesa amable, pero no me arrepentía. El clon de Philip Seymour Hoffman me daba otra tarjeta y un portaminas. Me quedaba un poco mejor escrito y se lo entregaba. Le preguntaba por la caja. Me enteraba de que tocaba ukulele. Le contaba que yo también tocaba ukulele pero acababa de perderlo. Se ofrecía a ayudarme a recuperarlo.

    Me bajaba en Akihabara, pero era un lugar donde estaban llevando a cabo un concurso colombiano. Era un concurso donde la gente tenía que huir de los trenes y de unos tubos gigantes de colores que ocupaban los espacios a toda velocidad y estaban llenos de agua. De repente yo también estaba corriendo mientras me caía agua y los vehículos gigantes amenazaban con llevarme por delante. Al parecer una concursante había quedado malherida. Otro concursante era Julián Román, que me ayudaba a esquivar los obstáculos.

    De pronto me salía de la arena del juego y resultaba en un McDonald’s que estaba dividido en varias secciones. Hacía fila y me hacían descuento en un tinto por ser estudiante, pero yo no quería tinto, así que volvía a hacer fila. Las filas eran laberínticas, así que ya no volvía a encontrar la sección de los tintos sino una más grande y morada, de los postres. Los trabajadores del lugar eran colombianos, al parecer ya no estaba en Japón. Me preguntaban si quería té, helado o chocolate. Yo quería un helado de chocolate con algo crocante. Me daban a degustar un helado a medio derretir de chocolate y galletas tipo Oreo, pero aparecía una mesera japonesa y me avisaba (en japonés, claro) que la degustación me costaría ¥450. Ah, claro, si yo no estaba cargando pesos sino yenes, pensaba. Los demás meseros me ignoraban un rato hasta que al fin me atendían y me daban un helado enorme de chocolate con algo crocante tipo Ferrero Rocher y me andaban encimando pedacitos de Andes de cereza y otros dulces desconocidos. Me sentaba en una mesa en forma de pretzel. Entendía que tenía dos minutos para degustar y si me gustaba, me pasaba a una mesa más grande y pagaba. Si no, me cambiarían el pedido. Me parecía un sistema maravilloso y recordaba que lo había leído de un señor que antes salía en todas partes en Internet. A mi lado había un relojito digital marcando el tiempo que me quedaba. El helado me gustaba y me cambiaba de puesto. La gente celebraba porque había hecho una venta más.


    2011 - 01.10

    Me estaba quedando en un hotel lujosísimo en Estados Unidos. Edward Herrmann me invitaba a dar un paseo con él en The Hamptons. Yo había dejado mi maleta lista y me había ido a dar vueltas o algo así, y llegaba al hotel cuando el bus nos estaba esperando. En el ascensor me preguntaban de qué compañía era el bus, yo decía “Willer”. El bus era igualito a uno de los que abordé en el paseo a Nara hace poco (en efecto, de la compañía Willer). El conserje me decía que había oído algo sobre el arribo del bus. Edward Herrmann (con el vestido y la actitud de Richard Gilmore) me decía que no había tiempo de alistar nada más y deberíamos abordar el bus. Yo no me había bañado, así que estaba un poco incómoda, pero el viaje duraba apenas una hora. Entonces me daba cuenta de que nuestro bus Willer no era un yakou basu sino un Hampton Jitney.

    Ya en The Hamptons nos enterábamos de que los paramilitares se habían tomado la zona y estaban expropiando las fincas de todos. Carlos Castaño comandaba el ataque y me decía que tenía tiempo de llamar a mi familia y avisarles para que huyeran, porque al que encontraran lo matarían. Sin embargo, yo no tenía el teléfono de nadie. Había una gran procesión de gente detrás de los paramilitares, impotentes viendo cómo poco a poco iban diciendo “esto es nuestro” en cada finca donde entraban. Yo reconocía parajes, pensaba que la última vez que había recorrido estos caminos tenía 13 años, me ponía a llorar. Temía que los paramilitares fueran a encontrar a mi tío y a mi prima, a quienes no había podido avisarles que todo lo iban a perder. Pensaba también que no tenía sentido ser dueño de tierras. ¿Para qué? Quería desentenderme de esto tan pronto como fuera posible, pero pensaba en la casa que había construido mi abuelo. De repente estábamos en un lugar cerrado, como si esta fuera una representación y en vez de recorrer trochas recorriéramos pasillos. Unos curas aparecían y cerraban con cortinas negras la entrada a un pasadizo. Entonces todos sabían que los paramilitares, que estaban más allá del pasadizo que no podíamos atravesar, se habían aburrido de solo expropiar y habían empezado a matar. Todo el mundo huía. Yo podía ver a Edward Herrmann y él a mí, pero no podíamos reunirnos entre la turba.

    De repente aparecía Mel Brooks como rabino y nos avisaba que la única esperanza recaía en mí: había que circuncidarme. Yo me excusaba por no haberme depilado en mucho tiempo. Estaba dispuesta a hacer el sacrificio pero tenía mucho miedo. Encontraban mi clítoris, que era grande y plateado, y a todos les parecía hermoso. Estaban a punto de pinchármelo con un tenedor hasta que Mel Brooks sacaba un escalpelo. Yo les pedía que por favor no lo fueran a cortar de verdad. Al fin y al cabo, esta era una representación. Entonces me rozaban apenas con la punta roma de algo, tal vez el mismo escalpelo, y celebraban.


    2010 - 12.25

    “Nothing says Christmas like Mary Wollstonecraft.”


    2010 - 12.21

    Estaba caminando por la calle en Bogotá. Unos gamines se aparecían para robarme, pero yo no tenía dinero. Estaba confiada en que no me harían nada por no llevar nada, pero ellos y yo nos dábamos cuenta al tiempo de que tenía un celular. Me lo rapaban. Uno de los gamines me iba a chuzar pero yo agarraba al otro de escudo y lo dejaba malherido. Salía corriendo y me montaba en el primer bus que pasaba. Allí me encontraba con un contacto de Internet. Nos enterábamos de que había un general retirado de la policía convertido en detective privado que estaba robándose unos pins que yo les había regalado a mis amigos y los estaba usando como evidencia para investigar cuál era mi vínculo con j. El detective iba en el bus y le explicaba al contacto un montón de cosas mostrándole los pins (uno de ellos se lo había dado yo a ella). Al parecer aún no había encontrado ningún material incriminatorio y no sabía cómo era yo físicamente, pero yo estaba horrorizada de saber que tal investigación existiera.

    Nos bajábamos del bus en la 100 con 15. Estábamos un poco desubicadas. Íbamos a entrar accidentalmente a una institución que era propiedad del gobierno de Estados Unidos, pero nos dábamos cuenta y seguíamos caminando. Llegábamos a una especie de bar pero aparecían unos policías texanos y nos decían que estábamos borrachas y por eso debíamos irnos. Estábamos muy extrañadas porque no habíamos alcanzado a tomar nada, pero salíamos. Desde afuera se veía que era un bar de lesbianas. Ella de repente volvía y empezaba a gritarles cosas desde la puerta, pero la agredían horriblemente. Terminábamos en el piso frente al bar, yo la sostenía en mi regazo ensangrentada y le preguntaba por qué había hecho eso.


    2010 - 11.28

    Trabajaba en un edificio inmenso en Londres. La ruta del tren que tomaba para ir a trabajar tenía una caída como de montaña rusa justo antes de llegar a mi estación. Era tan divertido que sospechaba que esto era un sueño. Me costaba mucho trabajo tomar un ascensor desde el primer piso, ya que las puertas se abrían y cerraban muy rápidamente y no alcanzaba a entrar. Por fin lograba abordar uno junto a dos compañeros que al parecer tenían un romance. Yo esperaba que aprovecharan el tiempo en el ascensor para darse besos o algo pero no hacían nada. Yo miraba a la mujer de esta pareja y me daba cuenta de que no podría asegurar si era mujer cisgénero. A veces el ascensor iba muy rápido y daba vértigo. Mi trabajo no era muy bueno; de hecho yo consideraba que el ambiente era bastante sexista y me quejaba con otros dos compañeros, que eran los geeks de Freaks and Geeks.

    De repente estaba con mi familia frente a la puerta principal de este mismo edificio, listos para hacer un recorrido turístico de las instalaciones. A la entrada había un mapamundi gigante de espuma. Alrededor había muchos turistas sentados. Al parecer era muy difícil conseguir permiso para entrar, pero mi mamá lo lograba. Con mi papá debatíamos entre esperar a nuestro guía afuera junto al mapamundi o adentro en el lobby de los ascensores.


    2010 - 11.25

    Estaba buscando libros para niños de la colección Barco de vapor en una librería, en especial “Historias de Ninguno”. Creía que lo encontraba, pero el título resultaba ser “Historias de género”.


    2010 - 10.09

    Iba a un museo de noche. Entraba a una especie de vitrina donde estaban haciendo una actividad no sé exactamente de qué tipo, pero incluía vapor. La guía me pedía que me subiera la camiseta hasta justo abajo del pecho y me bajara el pantalón hasta abajo del ombligo. Me explicaba que se trataba de un ejercicio de aceptación del propio cuerpo encaminado a la reforma de los ideales de belleza femenina. Era difícil, teniendo en cuenta la grasa acumulada y la presencia de pelitos en el área expuesta. Después veía una foto de Cavorite barbudo. Rarísimo. Finalmente alguien me invitaba a entrar a un edificio porque quería mostrarme la habitación de Antanas Mockus.


    2010 - 08.17

    Soñé que iba de paseo con mi familia a un municipio muy alejado, escondido entre rocas. Preguntábamos cosas a los que vivían ahí. Me daba miedo que la guerrilla fuera a emboscar nuestro bus de regreso.

    Luego yo era modelo y trabajaba con más modelos. En un photoshoot muy sexy me daba besos con un modelo que luego se sentía súper mal porque yo le había quitado su gaydad.


    2010 - 07.23

    Mi apartamento en Tsukuba, un lugar grande, oscuro y con escaleras de madera, daba contra un campo inmenso y vacío. Era un día soleado. Por el aire volaba una especie de zeppelin de forma fálica de papel brillante morado (como el de las bombas de feliz cumpleaños). Estaba asomada a la ventana junto a alguien y lo veía caer sobre el campo. Se inflaba y explotaba, despidiendo cientos de condones por todos lados. Yo no me inmutaba. Sabiendo que cualquier posibilidad de sexo en mi vida se encontraba reducida a cero, no hacía nada por tomar ninguna de aquellas muestras gratis. De todas maneras caía un sobre de muestra de lubricante sobre el alféizar. Leía la etiqueta: había sido fabricado en un laboratorio de Loras College. Lo guardaba en una estantería de libros muy oscura ubicada al lado de la ventana.