Siempre he estado convencida de que nunca me encuentro a nadie en la calle por casualidad; pero eso, de entrada, es falso: una vez me encontré a un compañero de clase en una tienda de Adidas en Tokio mientras le buscaba una chaqueta de la edición especial de Tron a Himura. En Tokio uno no se encuentra a nadie por casualidad en ningún lado; es una ciudad demasiado densa como para que algo así pase. Y sin embargo, a mí me pasó.
Menciono esto porque hace unos días pasé por una calle en La Candelaria, una que, curiosamente, no suelo tomar en mis recorridos. Iba examinando fugazmente el interior de los cafés a través de las ventanas que iba cruzando. Un instante después de dejar atrás un café argentino, mi cerebro terminó de procesar algo de forma tardía: acababa de ver a Ovidio, con quien tuviera un romance de verano en 2009. Para cerciorarme de que mis ojos no me habían engañado, me devolví varios pasos y volví a pasar frente al café. Bajé la velocidad junto a la última ventana. Era él.
Paré y me quedé mirándolo hasta que se sintió observado y levantó la vista. La perplejidad que adquirió su rostro parecía más propia de una aparición sobrenatural que de un encuentro fortuito con un ser humano del pasado. El pasado también puede tener algo de fantasmagórico. Entré al café.
Se puso de pie y nos saludamos de abrazo. Un abrazo un poco ladeado, me pareció. Tampoco es que yo buscara nada más, pero me pareció algo exagerado. No es la primera vez que alguien del pasado me da un abrazo así. Yo tenía clase de japonés en breve, así que no hice ademán de quedarme. Me preguntó si me encontraba por ahí por trabajo. Sí, respondí: al otro día tenía un evento en la Feria del Libro. Preguntó entonces si vivía cerca. Sí. ¿Él? No; estaba ahí esperando a que pasara el trancón. La cara de asombro no lo abandonó ni un instante.
La última vez que me lo había encontrado —yo, que juro que nunca me encuentro a nadie— había sido antes de pandemia, en un restaurante al lado del Museo Nacional. En esa ocasión también me había preguntado por mi trabajo, si estaba afiliada a alguna institución. No. Me invitó entonces a escribirle a su correo institucional, cosa que hice, pero obviamente no contestó.
Ahora que lo pienso, volviendo a aquel café en la carrera Tercera, es probable que nuestro diálogo haya sido un poco confuso por falta de contexto de ambas partes. He aquí un intento de ilustración de lo no dicho:
—¿Estás por aquí [en La Candelaria] por trabajo?
—Sí [estoy en Bogotá]. Mañana tengo un evento en la Feria del Libro [fuera de La Candelaria].
—¿Vives cerca?
—Sí [cuando estoy en Bogotá, que no es todo el tiempo].
Que yo sepa, Ovidio no sabe que yo me casé con Cavorite, a quien él me presentó en 2008, y que me fui a vivir a San Francisco después de pandemia, tras una espera eterna por la visa. A no ser que lea este blog, cosa que me parece altamente improbable.
Me despedí. Cuando estaba por cruzar el umbral hacia la calle, exclamó: ¡tal vez nos vemos mañana en la Feria del Libro!
¡OK!, respondí, sonriendo. Y me fui.
Sabiendo cómo terminaron las cosas con él, y cómo fueron, se sintió bien ser yo quien pusiera fin a la interacción.
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