Revelación (II)

El Tsukuba Express atravesaba raudo la llanura otrora dominada por los arrozales. Noboru leía mientras yo examinaba la vista que ofrecía la ventana una vez emergida desde debajo de la tierra.

Cuando llegué a la prefectura de Ibaraki por primera vez, hace exactamente dos años, me llamó la atención lo baldío del paisaje a lo largo de la vía férrea. Pese a estar en Japón, un país en el que el 97% del terreno es montañoso, esta inmensa planicie me remitía inexorablemente al Midwest de Estados Unidos. Sin embargo, en el corto espacio de mi estadía en el campo, este se fue llenando de bloques residenciales. Cada salida a Tokio era un bosque de bambúes menos, un fragmento menos de inmensidad, una nueva pared en este laberinto de cajas, creciente y apretujado como espuma de levadura.

Noboru se puso a hablarme sobre un libro que estaba leyendo, pero el rugir del tren no me dejaba escucharlo bien. Entre frase y frase yo tornaba mi vista hacia el atardecer color azalea, atardecer que de seguro el ex tutor ignoraría, como lo hacen todos. La conversación se desgastó como un tizón de incienso y pronto el sol terminó de ponerse tras los edificios. De pronto, Noboru sacó unos papeles y me los entregó: eran tareas de los alumnos de su clase de español, a quienes nos disponíamos a ver esa noche. Habían escrito párrafos donde se presentaban y yo debía terminar de corregirlos.

A juzgar por la información presentada en cada hoja, los estudiantes eran en su mayoría adultos mayores. Algunos habían viajado a México alguna vez. Uno de ellos hablaba inglés, francés y holandés. Una había entregado un amasijo de palabras sin sentido que de alguna manera Noboru supo interpretar. Casi todos hablaban de sus achaques. Divertida, pasé las hojas y agregué conjunciones y signos de interrogación con esfero rojo. Entonces llegué al final de lo que prometía ser una página más:

Estoy enferma pero soy feliz.
Tengo cáncer de mama.

Noboru tomó los papeles apenas notó la reaparición de mis anotaciones en la cima de la pila.
—Oye, una persona dice que tiene cáncer…—comenté con una mezcla de perplejidad y pesadumbre ante la ligereza de la revelación.
—Ah, sí—asintió él con gravedad académica—, el cáncer es una enfermedad—
—Yo sé—, interrumpí.

El tren volvió a sumergirse bajo tierra. En la ventana no se veía más que nuestros reflejos pálidos rozando la oscuridad del concreto.

[ A Murder of One — Counting Crows ]

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