Bon Voyage, 1

Tal como lo anunció, Himura se fue a Barranquilla a un congreso de física el domingo. Se fue, según él, a pegar un afiche. Sé que tiene más trascendencia que eso, pero las cosas que estudian los físicos, cuando se reducen al idioma cristiano, suenan a pura feria de la ciencia de colegio. Por eso es que se dedican a aumentar su léxico, para que la gente que jamás verá los numeritos implicados no les diga que pierden su tiempo con nimiedades como hilos que se rompen o carritos de propulsión a chorro. Así, exentos de todo riesgo de pregunta o comentario por parte del mundo lego, los físicos reciben invitaciones de aquí y de allá para ir a pasarla en grande dedicándose a asuntos supuestamente vitales para comprender el funcionamiento de nuestro universo pero que, la verdad sea dicha, no le interesan a nadie más.

El paso de los antiguos mercaderes de Asia por el Takla Makan debe haber sido más sencillo que el paseo de 22 horas que les tocó a nuestros amigos estudiosos por la geografía colombiana para llegar a su destino. Así, es apenas normal que uno de repente se despierte con las articulaciones crujiendo y el cerebro hecho papilla en una ciudad adormilada que promete no despertar —ni dejarlos a ellos despertar —jamás. Dicen que es Barranquilla. Dicen que ahí es el congreso. Dicen que éste es el hotel y éste es el cuarto de seis personas. Son las cuatro de la mañana, así que cualquier sentencia que tenga que ver con descanso será bienvenida.

Pues bien, después de un sueño que parecía efecto de un batazo en la cabeza, el aporreado señor Himura se dispuso a penetrar en aquel mundo del conocimiento que era la única razón para recorrer tantas deshechas carreteras. Sin mirar a su alrededor se aproximó al tumulto que aguardaba en el lobby del hotel y con ellos partió en una van hacia un centro de convenciones. El paisaje a través de la ventana era una sola mancha de olvido, las voces de los compañeros no llegaban a él. Al fin, con pasos automáticos, hizo una fila y se sentó en una silla de auditorio. Era hora de hacer valer tanto dolor, tanto doloroso sopor.

—Sean todos ustedes bienvenidos a la quincuagésima séptima feria del representante Amway.
Los ojos entrecerrados de Himura se abrieron de sopetón. Miró a diestra y siniestra y se encontró en un mar de señoras bajitas, rechonchas, de cabello corto pintado de rubio o rojo, con sus inmensas y caídas bondades embutidas en una camiseta blanca. La gran mayoría llevaba una visera que proyectaba sombras chinas color rosa o verde sobre el regazo; varias lo miraban de reojo y no precisamente con ternura maternal.
—Como todos saben, el propósito de nuestro encuentro es doble: la repotenciación de nuestro espíritu emprendedor y la exhibición de los nuevos productos de nuestro catálogo. Hemos elegido a La Arenosa como sede de nuestro encuentro porque consideramos que una ciudad tan alegre como ésta no puede sino incentivar nuestro deseo de superación, nos ofrecerá la calidez propia de nuestra linda gente de la Costa Atlántica, y nos dará fuerzas para aumentar nuestra gran familia Amway.

De inmediato y con la máxima discreción posible, el angustiado estudiante se levantó de su silla y corrió a la puerta más cercana. Le negaron la salida puesto que interrumpiría el evento y propiciaría la desconcentración.
—Pero yo no vine a esto, vengo al Congreso Nacional de Física…
—Sí, claro. ¿Es ésa la excusa que le diste a tu familia para venir? ¿Le tienes miedo al éxito? Todos deberían saber que estás orgulloso de ser un representante Amway. Siéntate y disfruta, que para eso viniste a Barranquilla.
Resignado, a la espera del refrigerio, Himura volvió a su puesto y gruñó exhibiendo los dientes, lo cual quiere decir que obviamente estaba envuelto en las llamas de la furia. Pasaron horas y horas y horas y horas y horas de charla ‘éxito-motivadora’ por parte del maestro de ceremonias y numerosos testimonios de vida provenientes de muchas mujeres que parecían la misma mujer. “Yo era un infeliz…”, venía a la mente del desdichado viajero una y otra vez. No hubo refrigerio. La van lo regresó al hotel a las siete de la noche. Esperaba encontrar a sus compañeros de cuarto y rogarles que no lo fueran a dejar botado al comienzo de la segunda jornada, pero al abrir la puerta escuchó a sus espaldas:
—Gracias, bizcochito.
Exacto, ésas eran sus compañeras de cuarto. Cinco fragmentos de un cuadro de Andy Warhol, cada uno de un color distinto (los tintes capilares vienen en una gama inmensa) pero de resto exactamente iguales. Se llamaban Gladys, Stella, Amparo, Leonor y Consuelo (era imposible saber cuál era cuál incluso aprendiéndose la clave cromática que las regía) y procedieron a acribillarlo a preguntas. ¿Por qué había elegido Amway y no, digamos, OmniLife? ¿Estaba solterito y a la orden? (¡Si no le importaba tener hijastros de su misma edad Consuelo también estaba solterita y muy a la orden!) ¿Por qué estaba como tan ofuscado? ¿No quería un masajito? (¡Stella trabajaba en un centro de estética en Cúcuta, ella era experta en masajes relajantes y drenaje linfático! —”Pero tú no necesitas drenaje linfático con lo rico que estás, papito…”) Himura no se atrevió a empijamarse y prefirió quitarse apenas los zapatos para dormir. No hace falta decir que no pegó los párpados en toda la noche. Tampoco hace falta decir que en su vela escuchó todos y cada uno de los comentarios de las señoras que, para este entonces, estaban todas enfundadas en idénticas batolas rosadas de franela. La permanencia de su traje completo tapado con el cubrelecho había sido completamente inútil: Gladysita, Stellita, Amparito, Leo y Consuelito lo habían desnudado mentalmente y con sus palabras se le habían comido hasta los tuétanos.

Dos días después me lo encontraría a la salida de mi universidad, acompañado de una mueca de asco que tardaría mucho en desaparecer. El Congreso Nacional de Física no podría importarle menos.

[ Highschool Lover — Air ]

0 Responses to “Bon Voyage, 1”


  • No Comments

Leave a Reply