Il pleut, elle pleure

Sin querer, Engel me trajo un recuerdo a la cabeza. Un recuerdo más bien significativo, ahora que lo saco del polvoroso cajón.

Estaba yo en 2° de primaria cuando llegó esa famosa época en la vida de todo estudiante: tuvimos que hacer un proyecto para la Feria de la Ciencia. Estaba agrupada con las dos mejores estudiantes del salón, y teníamos planeado construir una maqueta del sistema solar. En mi mente había un buen prospecto de lo que podría ser el dichoso proyecto. Un poco ambicioso, pero bueno. Sin embargo, un problema de comunicación envió mi idea —y mi moral— directamente a la basura.

Durante el plazo que teníamos establecido para realizar nuestros trabajos, transcurrió un fin de semana tranquilo durante el cual visité a mis abuelos paternos. Un fin de semana como cualquiera. Es obvio que no sospechaba nada, por lo cual no pude reprimir mi sorpresa cuando regresé al colegio el lunes. Encontré en manos de mis compañeras la maqueta hecha: un enorme cuadrado de icopor revestido de rojo (¡¿de rojo?! ¡¿¡el espacio exterior de rojo!?!) atravesado por un montón de bolas del mismo material cubiertas de otras un poco más chiquitas, con escarcha morada. Pero eso no era lo peor para mí… lo peor era que… JÚPITER ERA MÁS GRANDE QUE EL SOL.

Fue mi error haberles reclamado por el pobre trabajo artístico que habían llevado a cabo. No sólo fue imposible convencerlas de que el sol era muchas, pero muchas veces más grande que Júpiter (corría por mi salón la idea de que recientemente habían descubierto que Júpiter era más grande que el Astro Rey), sino que además recibí una de las tandas de insultos más grandes de mi vida. Si los insultos se pudieran materializar, éste hato de ellos se habría podido convertir en una carta-bomba que me explotaría en la cara, o un rinoceronte gigante que me embestiría una y otra y otra vez. No pude hacerles entender que no sabía que llamarían, que no las llamé porque no tenía idea de que harían el trabajo justo ese fin de semana, que me fui adonde mis abuelos no por huir sino porque ése era el orden normal de aquel día. Fue tan infructuosa la labor de pedirles piedad que reventé. Lloré. Lloré frente a ellas mientras se convertían en rinocerontes negros, embistiéndome y pisoteándome.

Me sentí supremamente estúpida al haber llorado por esa razón. Supongo que les narré el suceso a mis padres, como suelo hacerlo con prácticamente todo lo que me pasa. No recuerdo cómo fue el proceso de reflexión que siguió al incidente. Lo único que sé es que me prometí, a esos escasos ocho años, que no volvería a llorar frente a la gente del colegio.

Dicen que, durante mi época escolar (en especial el bachillerato), mis compañeras me hicieron llorar mucho, que todo el curso me pisoteó y yo me dejé aplastar. Sin embargo, es de mí de quien hablan, y yo me conozco. Recuerdo la promesa que me hice, tanto como recuerdo que la cumplí a cabalidad. Sí, las niñas del colegio hicieron y dijeron cosas horribles, intentaron pisotearme tal como dicen que lo hicieron… pero frente a ello, como frente al resto de actitudes humanas que me desagradan (que no son pocas), hice algo que nunca he podido dejar de hacer: llenarme de letreros de NO PASE y refugiarme sola en mi pantano, tal vez aceptando la compañía de un burrito que me comprenda.

Si no estoy mal, hasta el sol de hoy mis amigas aún no me han visto llorar… pero otras cuantas personitas adoradas sí me han visto lagrimear muchas, muchas veces.

Bah, otra vez caminando sin rumbo fijo, divagando para no llegar a ninguna parte.

SUENA: You’ve Got Mail

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