Sobrevolando el Ártico

Las alas del avión se agitan como si quisieran adquirir la movilidad de su contraparte emplumada. A lo lejos, el suelo de porcelana se resquebraja y flota sobre una capa líquida de negra sal. El tiempo retrocede a un momento anterior a nuestro encuentro mientras dormito y observo el vacío. Ahora volvemos a anhelarnos; muy pronto nuestros rasgos se desdibujarán, y manos y labios perderán todo rastro de antiguos roces, entregando el pasado a la imaginación para que proyecte un futuro de palacios y verdísimas briznas de hierba.

¿Dónde duermes ahora, Himura Kite? Te apropiaste de mi apellido sin permiso y ahora deseo con vehemencia que lo conserves, Kite—Kite, un nombre que ahora se refiere a lo mismo porque tú y yo somos lo mismo, un espejo de lados intercambiables. Giramos lentamente sobre los extremos opuestos de una esfera de magma, caminamos durante meses para tocarnos las mejillas, las espaldas, los brazos. Parece como si nunca hubiéramos dejado de mover las piernas, cruzándonos hasta tener que tornar la mirada para vernos de nuevo, en lontananza.

¿Dónde estás, Himura Kite? El tiempo retrocede a un momento anterior a nuestro encuentro y la vida que nos aguarda vuelve a tornarse difusa. Las olas del Pacífico convierten tu rostro en cientos de imágenes inmóviles y arribo adormecida a la isla que me aleja definitivamente de tu mirada. Sé que un día no muy lejano volveré a escuchar tu voz. Entonces sabré que este ir y venir del frío y los recuerdos no es infinito, y que la sensación de tu beso podrá perderse hoy en mi mente, pero mañana tú la harás reaparecer a la salida del aeropuerto, lejos de los vientos polares que embistieron el avión en el que crucé con reticencia las horas y fechas en dirección opuesta a ti.

[ Equinox Part 5 — Jean-Michel Jarré ]

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