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    2011 - 04.21

    Azuma, Yin y yo estábamos en Nara o Kioto y queríamos regresar a Kanto. Por equivocación tomábamos un tren lentísimo y tratábamos de adivinar dónde podríamos cambiar a uno expreso. Nos guiábamos por la cantidad de trabajadores que se bajaban para elegir nuestra estación de cambio. Era un pueblo muy oscuro que se me parecía a Tsukuba; mencionaba esto y se reían. Perdíamos un tren de la línea Tokaido (raya anaranjada en el medio) porque no sabíamos cuál era la tarifa a pagar. Aparecía uno de raya amarilla (línea Chuo local) y yo les decía que nos subiéramos sin pagar y ajustáramos el precio a la salida. En el tren aparecía un funcionario pidiéndome mi tiquete y yo le explicaba la situación. No estaba muy convencido. Nos bajábamos en la siguiente estación para evadirlo. Azuma y Yin lograban burlar de alguna manera las portezuelas de entrada, pero cuando tapaban los sensores con una billetera para que yo pudiera pasar, yo me atascaba allí. Me parecía increíble, si no me sentía tan gorda, pero encontraba una baranda muy baja al lado de las puertas y la saltaba. Ahora estábamos contra una pared entre muchos trabajadores alrededor. Llegaba un tren todo amarillo, como un bus escolar de Estados Unidos; nos montábamos y encontrábamos sitio donde sentarnos. Yo sabía que ya estábamos en uno expreso porque había niñas de mi curso en él. Probablemente vienen de Kioto/Nara como nosotros, pensaba. A bordo del tren se podía ver cortos de películas. Estaban dando el de Inception, pero era diferente de la película real: se trataba de un grupo de personas que podían convertirse en dibujos o materiales de dibujo. Johnny Depp se convertía en tinta china verde.


    2011 - 03.22

    Cavorite y yo íbamos paseando por la calle en Bogotá y veíamos a Himura caminando de la mano con la novia. Iban vestidos exactamente igual, de rojo y negro. Nos daba mucha risa y seguíamos derecho.


    2011 - 03.07

    Trabajaba en una empresa. Me invitaban a trepar un muro. Un señor muy bajito me ayudaba. Me decía que me aferrara a sus brazos. Desde el muro, a una altura considerable, veía dos carros verdes: la empresa me los había regalado. Uno parecía como de dibujitos animados, el otro era de un tono oliváceo muy bonito, medio cúbico como los carros familiares japoneses. De repente se acercaba una robot-policía de tránsito a multarme por tener los carros mal parqueados. El carro que parecía de Disney resultaba ser un carro-perro, se asustaba y el carro cuadrado se convertía en una casita que lo albergaba. Yo bajaba y le pedía perdón a la policía-robot contándole que esta era la primera vez. Ella refunfuñaba y decía que todos decían que era la primera vez.


    2011 - 03.04

    Mi familia y yo estábamos en un laberinto. Mi mamá y mi hermana se iban a ir, pero mi papá decidía buscar la salida y yo, que por alguna razón me quería ir también, decidía quedarme. Pensaba en lo mucho que me gustaban los laberintos y los sueños que los contenían.

    No sé cómo resultaba atacada por un enjambre de insectos extraños que se pegaban a la piel como garrapatas. Por más que intentaba arrancármelos se me pegaban más y más. Lograba quitármelos solo de una pierna y su respectivo glúteo. De repente estaba en una calle cada vez más llena de unas matas rastreras que crecían directamente sobre el asfalto, y sobre las cuales se reproducían estos bichos. A veces aparecían unos tan grandes como mi mano; esos nos daban aún más miedo porque podían abrirle a uno el esternón en caso de posarse sobre el pecho. Un hombre con el que andaba luchaba contra estos animales pero se encontraba con una cosa verde (¿vegetal?) que se le pegaba a la cara y amenazaba con derretírsela. Por alguna razón todos teníamos cierta esperanza de poder deshacernos de todas las plagas.


    2011 - 03.03

    Era una astronauta. Tenía la cabina de mi nave mal presurizada, y la excesiva presión me hacía ver todo rojo y casi perder el conocimiento. Cuando lograban estabilizarme quedaba un poco lela y miraba cómo me explicaban que íbamos hacia o estábamos en un asteroide.


    2011 - 02.26

    Estaba haciendo escala en algún lugar camino a Japón. Resultaba en una villa recogiendo granos junto a un contacto de Internet. Ella (el contacto) estaba aprendiendo a cocinar con los productos locales y estaba muy entusiasmada de tenerme ahí. De repente, por alguna razón la casita donde nos estábamos quedando explotaba. Entonces llegaba la hora de tomar mi vuelo a Japón haciendo otra escala en Mumbai. Buscaba la sala de embarque desesperadamente y me daba cuenta de que tenía puestas las botas de invierno, con lo que era más difícil correr. Las salas de embarque de las aerolíneas árabes tenían camellos, cojines, velos y todo tipo de lujos. Una operadora de una aerolínea india me decía que perfectamente podía pasar por india, pero que me iba a maquillar para que lo pareciera más. Yo seguía buscando mi sala de embarque hasta que me daba cuenta de que no tenía que moverme de donde estaba antes (la propia villa de la casa en llamas). Volvía donde la operadora india pese a que tenía poco tiempo, pero encontraba a unas jóvenes y ya no estaba en un pasillo sino al lado de una carretera, probablemente en India. Las jóvenes me regalaban un chal hermosísimo color verde pavo real. Decían que si me cubría la cabeza con él, mis ojos resaltarían y me vería más india. Lo recibía y corría por el campo, preguntándome si me tocaría quedarme a vivir en India. Desperté antes de llegar a la sala de embarque y abordar mi avión.


    2011 - 01.16

    j. se quejaba de que todos sus familiares tenían los ojos claros y él no. Yo quería decirle—pero al fin no decía—que él tenía los ojos color café claro. Pensaba en ellos. Podía verlos bien.


    2011 - 01.12

    Acababa de teñirme el pelo de rubio. Me veía chistosa pero no del todo mal. En todo caso sentía que había arruinado mi pelo larguísimo. Decidía ir a Tokio un rato, así fuera solo para entrar a H&M y comprar algo de ropa. Tomaba el Tsukuba Express. A mi lado se sentaba un extranjero y empezaba a manosearme. Me cogía por la cintura, me sentaba sobre su regazo y me tapaba la boca. Empezaba a gritar pero no se oía mucho, aunque estaba haciendo el suficiente escándalo para que se dieran cuenta los otros pasajeros y llamaran a la policía. Me daba cuenta de que tenía el ukulele en la mano y empezaba a pegarle con él, pero luego se lo entregaba a una señora y seguía dándole puños. Lo aprehendían y el tren volvía a la normalidad, pero me sentaba y sentía que el puesto olía al perver. Me daba mucho asco y se lo decía a un señor japonés que estaba sentado al lado mío. Pedía mi ukulele y me traían dos, pero ninguno era el mío. Me quejaba, explicaba en japonés que se lo había entregado a una señora, pero no recordaba la cara ni el vestido de la señora.

    A mi lado resultaba otro extranjero muy parecido a Philip Seymour Hoffman que tenía una caja de guitarra abierta y la gente le echaba dinero pese a que no estaba tocando nada. Conversábamos y me caía súper bien. Le decía que deberíamos volver a hablar. Me daba una tarjeta de presentación para que escribiera mi teléfono detrás, pero me costaba escribirlo. El esfero que me prestaban no pintaba bien y olvidaba los últimos dígitos. Por accidente le entregaba la tarjeta a una anciana japonesa amable, pero no me arrepentía. El clon de Philip Seymour Hoffman me daba otra tarjeta y un portaminas. Me quedaba un poco mejor escrito y se lo entregaba. Le preguntaba por la caja. Me enteraba de que tocaba ukulele. Le contaba que yo también tocaba ukulele pero acababa de perderlo. Se ofrecía a ayudarme a recuperarlo.

    Me bajaba en Akihabara, pero era un lugar donde estaban llevando a cabo un concurso colombiano. Era un concurso donde la gente tenía que huir de los trenes y de unos tubos gigantes de colores que ocupaban los espacios a toda velocidad y estaban llenos de agua. De repente yo también estaba corriendo mientras me caía agua y los vehículos gigantes amenazaban con llevarme por delante. Al parecer una concursante había quedado malherida. Otro concursante era Julián Román, que me ayudaba a esquivar los obstáculos.

    De pronto me salía de la arena del juego y resultaba en un McDonald’s que estaba dividido en varias secciones. Hacía fila y me hacían descuento en un tinto por ser estudiante, pero yo no quería tinto, así que volvía a hacer fila. Las filas eran laberínticas, así que ya no volvía a encontrar la sección de los tintos sino una más grande y morada, de los postres. Los trabajadores del lugar eran colombianos, al parecer ya no estaba en Japón. Me preguntaban si quería té, helado o chocolate. Yo quería un helado de chocolate con algo crocante. Me daban a degustar un helado a medio derretir de chocolate y galletas tipo Oreo, pero aparecía una mesera japonesa y me avisaba (en japonés, claro) que la degustación me costaría ¥450. Ah, claro, si yo no estaba cargando pesos sino yenes, pensaba. Los demás meseros me ignoraban un rato hasta que al fin me atendían y me daban un helado enorme de chocolate con algo crocante tipo Ferrero Rocher y me andaban encimando pedacitos de Andes de cereza y otros dulces desconocidos. Me sentaba en una mesa en forma de pretzel. Entendía que tenía dos minutos para degustar y si me gustaba, me pasaba a una mesa más grande y pagaba. Si no, me cambiarían el pedido. Me parecía un sistema maravilloso y recordaba que lo había leído de un señor que antes salía en todas partes en Internet. A mi lado había un relojito digital marcando el tiempo que me quedaba. El helado me gustaba y me cambiaba de puesto. La gente celebraba porque había hecho una venta más.


    2011 - 01.10

    Me estaba quedando en un hotel lujosísimo en Estados Unidos. Edward Herrmann me invitaba a dar un paseo con él en The Hamptons. Yo había dejado mi maleta lista y me había ido a dar vueltas o algo así, y llegaba al hotel cuando el bus nos estaba esperando. En el ascensor me preguntaban de qué compañía era el bus, yo decía “Willer”. El bus era igualito a uno de los que abordé en el paseo a Nara hace poco (en efecto, de la compañía Willer). El conserje me decía que había oído algo sobre el arribo del bus. Edward Herrmann (con el vestido y la actitud de Richard Gilmore) me decía que no había tiempo de alistar nada más y deberíamos abordar el bus. Yo no me había bañado, así que estaba un poco incómoda, pero el viaje duraba apenas una hora. Entonces me daba cuenta de que nuestro bus Willer no era un yakou basu sino un Hampton Jitney.

    Ya en The Hamptons nos enterábamos de que los paramilitares se habían tomado la zona y estaban expropiando las fincas de todos. Carlos Castaño comandaba el ataque y me decía que tenía tiempo de llamar a mi familia y avisarles para que huyeran, porque al que encontraran lo matarían. Sin embargo, yo no tenía el teléfono de nadie. Había una gran procesión de gente detrás de los paramilitares, impotentes viendo cómo poco a poco iban diciendo “esto es nuestro” en cada finca donde entraban. Yo reconocía parajes, pensaba que la última vez que había recorrido estos caminos tenía 13 años, me ponía a llorar. Temía que los paramilitares fueran a encontrar a mi tío y a mi prima, a quienes no había podido avisarles que todo lo iban a perder. Pensaba también que no tenía sentido ser dueño de tierras. ¿Para qué? Quería desentenderme de esto tan pronto como fuera posible, pero pensaba en la casa que había construido mi abuelo. De repente estábamos en un lugar cerrado, como si esta fuera una representación y en vez de recorrer trochas recorriéramos pasillos. Unos curas aparecían y cerraban con cortinas negras la entrada a un pasadizo. Entonces todos sabían que los paramilitares, que estaban más allá del pasadizo que no podíamos atravesar, se habían aburrido de solo expropiar y habían empezado a matar. Todo el mundo huía. Yo podía ver a Edward Herrmann y él a mí, pero no podíamos reunirnos entre la turba.

    De repente aparecía Mel Brooks como rabino y nos avisaba que la única esperanza recaía en mí: había que circuncidarme. Yo me excusaba por no haberme depilado en mucho tiempo. Estaba dispuesta a hacer el sacrificio pero tenía mucho miedo. Encontraban mi clítoris, que era grande y plateado, y a todos les parecía hermoso. Estaban a punto de pinchármelo con un tenedor hasta que Mel Brooks sacaba un escalpelo. Yo les pedía que por favor no lo fueran a cortar de verdad. Al fin y al cabo, esta era una representación. Entonces me rozaban apenas con la punta roma de algo, tal vez el mismo escalpelo, y celebraban.


    2011 - 01.09

    Mi mamá y una compañera de clase de japonés de Los Andes venían a visitarme en Tsukuba. Era tarde en la noche y la compañera tenía hambre, pero todo había cerrado a las ocho, así que yo solo atinaba a decirle que fuera a comer a McDonald’s. Me arrepentía y sugería uno de esos restaurantes japoneses de centro comercial que no suelen ser nada llamativos, pero la idea no calaba. Al fin íbamos a comer Masayasu, mi mamá, ella y yo, pero en mitad de la comida la que estaba sentada frente a mí ya no era mi mamá sino Nellie McKay. Nos poníamos a cantar a dúo “If I Had You”. Yo estaba emocionadísima y casi llorando, y quería decirle que había sido por ella que yo había empezado a tocar el ukulele.

    De pronto estaba quién sabe en dónde en Estados Unidos, en un coro dirigido por el Padre Francis. Todo el mundo se sabía la canción menos yo. Aparecía una monja gringa gorda que me quería mucho no sé por qué. Se parecía a mi abuela paterna. Tenía el pelo muy corto, que mojado se veía medio punk. Yo pensaba que algún día me cortaría el pelo así de corto así luego resultara viéndome igualita a mi abuelita. Cantábamos juntas, creo que una de los Beatles. Yo hacía la voz baja (como siempre). Mi mamá aparecía de la nada y me regalaba un montón de marcadores Crayola; yo me sentía como si hubiera regresado a la infancia. Tenían tapas raras y doble punta y había que taparlos porque venían destapados. Sostenía en la mano uno verde biche: era casi igual a los marcadores Prismacolor que me compré con mis ahorros cuando tenía 8 años.