Esta semana estuve tratando de hacer un post sobre un capítulo de mi vida que transcurrió hace más de veinte años. Tenía toda la intención de atender por fin al consejo de una profesora de escribir al respecto. Para encarnar mejor al yo de esa época puse a sonar el disco que escuchaba en ese entonces cuando trasnochaba haciendo trabajos de la universidad (The Invisible Band, Travis) y me zambullí en las profundidades de mis blogs e emails. Investigación de archivo, le llamé. Gasté dos días en esa labor. El proyecto se sentía ambicioso.
En la mañana del tercer día, me di cuenta de que no iba para ninguna parte con los párrafos inanes que había acumulado hasta el momento. Era un recuento de nada. Si bien quería resaltar el carácter vacío del pueblo donde vivía, sentí que era mi propia experiencia la que había sido vacía. Una niñita que poco o nada ha vivido se lanza a la aventura en un lugar donde poco o nada pasa. Para mayor decepción, después de leerme quedé un poco disgustada con mi yo de esa época por su excesiva propensión a sobreexplicarlo todo. El problema es que sigo siendo así, solo que se nota menos porque ahora hablo con menos gente. Sin ir más lejos, este blog está lleno de borradores inconclusos que no son más que explicaciones de explicaciones. Toda una vida de ansiedad.
No obstante, hay algo dentro de mí que insiste que de cualquier cosa se puede sacar un escrito. Tengo que seguir intentándolo sin preguntarme para qué. Hacerlo solo por el placer de sufrir haciéndolo. Aún las personas que no viven nada pueden encontrar maneras de describir esa nada en la que flotan.
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