La amiga persistente

A finales del año pasado tuve una conversación con una mujer sumamente sociable, de esas personas que todo el mundo conoce y que reconocen a un montón de gente con la que se cruzan. Nos contó que, pese a que le gustaba conocer gente y siempre ofrecía sus datos de contacto, nunca le contestaba a nadie cuando le escribían. Casi guardaba la esperanza de que sus nuevos conocidos no fueran a intentar contactarla. Su teléfono estaba lleno, llenísimo, de mensajes sin abrir. Incluso tenía una vieja amiga que periódicamente le dejaba mensajes que se iban acumulando —casi parecía un diario, nos decía— hasta que por fin ella los leía todos de corrido y enviaba una breve respuesta. Valoraba esa constancia y aseguraba que apreciaba esa amistad.

Al escuchar esto, se me ocurrió que tal vez ese podría ser el caso de un amigo cercano que había dejado de escribirme, y que tal vez podría hacer como la amiga persistente e insistir periódicamente hasta que me contestara. Al fin y al cabo, él y yo no habíamos tenido ningún conflicto que nos hubiera distanciado, y yo seguía estimándolo por conocerlo de toda la vida. Entonces tomé mi teléfono y, en un solo mensaje resumido, le conté sobre la persona sociable y su amiga, y algunas novedades breves sobre mí.

Contestó de inmediato.

Me dijo que tenía toda la razón, que él era malísimo para comunicarse con sus amigos. La conversación continuó por un par de mensajes más hasta que, como un fósforo entre mis dedos, se apagó nuevamente.

Un par de semanas después, le escribí otra vez para dejarle un saludo de Año Nuevo. No hubo respuesta. No sé cómo hará la amiga persistente porque yo hasta ahí llegué. Hablarle a la pared a ver si algún día se manifiesta en forma de migajas no es lo mío.

La historia bien podría acabar ahí. La vida seguirá, el dolor del desengaño se irá y llegará silencioso el día en que olvidaré que alguna vez tuve ese amigo en particular. Sin embargo, hay algo al respecto que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. No es el escozor en el ego, no es la nostalgia de los recuerdos compartidos; es darme cuenta de que yo podría estar siendo para otras personas lo que ese amigo ha sido para mí. ¿Y qué les voy a decir cuando por fin me digne a hablarles? ¿Que soy malísima para comunicarme con mis amigos? ¿Cuánto tiempo aguanta una excusa de ese calibre? ¿Y cuánto tiempo más va a durar la vida como para darme el lujo de esperar un mejor momento?

Desde que tuve esa revelación hace unos días, cada vez que me acuerdo de alguien, le escribo inmediatamente.

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