Auge y caída de mi primer y único Meetup

Durante mucho tiempo viví convencida de que el tiempo que pasé en Japón fue el más solitario de mi vida, pero en cierto modo San Francisco me trajo un aislamiento un poco peor. La diferencia es que lo estoy pasando con la presencia constante de alguien a mi lado, lo cual supone un inmenso alivio. Pero algo queda faltando.

Es sabido que no vale la pena quejarse incesantemente de algo y no hacer algo al respecto, así que, motivada por la misma angustia lingüística que me trajo de regreso a los blogs, me metí a un grupo de intercambio conversacional japonés-inglés.

Al principio fue interesante: me gustaba la idea de tener una rutina que me obligara a salir de la casa y charlar con gente. Incluso hice una nueva amiga, que luego se fue del país. Sin embargo, como al grupo siempre llegaban nuevos participantes, con el tiempo me fui dando cuenta de que cada semana la conversación no avanzaba mucho más allá de las presentaciones. Por otro lado, el único asistente habitual local que tenía un nivel alto de japonés solo quería hablar con las japonesas más jóvenes que iban ahí a practicar inglés. Supongo que era comprensible porque a) no entiendo la jerga juvenil en japonés y b) no soy joven.

Y es que, con contadas excepciones, todo el mundo era súper joven. Todos estaban a punto de viajar a Japón o acababan de llegar de un paseo por el país. Yo no tenía gran cosa que aportar a la conversación porque mis recuerdos ya eran reliquias de otrora, nada que ver con la realidad actual. Un día me tocó hablar con alguien también mayor, incluso mayor que yo; no cabíamos de la dicha. Él también había vivido en Japón hacía rato. Pero entonces nos rotaron de mesa y hasta ahí llegó la felicidad.

A fuerza de apariciones repetidas me hice más o menos amiga de un hawaiano (también jovencísimo) que vivía en el barrio contiguo al mío y tomaba el mismo metro que yo para volver a casa. Asistía al Meetup para llenar el tiempo porque llevaba meses sin encontrar trabajo. Cuando por fin se le hizo el milagro laboral, dejó de ir, y a mí me dio cosa escribirle. Nunca más supe de él.

A medida que los días se fueron alargando y poniendo más bonitos, se fue afincando en mí la sensación de que estaba desperdiciando mi tiempo bajo las luces fluorescentes de una plazoleta de comidas medio vacía en vez de contemplar las espectaculares panorámicas de la ciudad bañada de ámbar que ofrecería cualquier calle empinada a esa hora. Finalmente, en una ronda de preguntas sobre planes para el verano, mencioné que pensaba viajar a Europa.

A los ojos de ellos, bien podría decirse que me fui y jamás regresé.

A veces pienso que sería bueno volver, darle otra oportunidad al grupo, ejercitar nuevamente mis músculos sociales. Sin embargo, no puedo sacudirme de la cabeza la sensación de que no encajo ahí. Además, si es para decir “hola, soy tal persona y vengo de tal parte” una y otra y otra vez, mejor me dedico a las caminatas en solitario. Al menos de esas nunca me arrepiento.

0 Responses to “Auge y caída de mi primer y único Meetup”


  • No Comments

Leave a Reply