Hay una idea que se cocina a fuego lento en mi cabeza desde hace varios días y no me deja en paz. Sin embargo, me cuesta trabajo ponerla en palabras. Este es un breve primer intento.
Recuperar la atención usurpada por las redes sociales no se traduce solo en retomar la lectura de largo aliento, sino en reanudar los pasatiempos que producen cosas improductivas. Me explico: en este mundo donde los pasatiempos corren el riesgo de desaparecer porque, por un lado, no hay tiempo para llevarlos a cabo porque todas las horas posibles se van por el sifón del feed infinito y, por el otro, se percibe como un sinsentido el crear algo y no sacarle réditos monetarios —el término creador de contenido no deja de darme escalofríos—, es importante hacer cosas que no den más recompensa que el disfrute propio.
Estoy desempolvando el ukulele —y, de paso, mi garganta oxidada— y me encuentro próxima a hacer lo mismo con los implementos de dibujo. Le estoy dedicando horas enteras a este blog por el puro placer de mantener este registro de mis pensamientos no mediado por un potencial público. Se siente un poco como sacarle brillo amorosamente a un carro viejo.
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