Wisteria

El año pasado, por esta misma época, tenía muchas ganas de escribir que la primavera del norte de California es una especie de explosión. Una explosión de qué, ¿floral? ¡Si aquí siempre hay una flor u otra! Precisamente eso es lo que no supe describir. Luego se me acabó el impulso de seguir intentándolo, y poco después se acabó la primavera. Pero hela aquí de nuevo, imposible de ignorar, y heme aquí de nuevo frente al computador, tratando de explicar qué es lo que me parece tan difícil de pasar por alto cuando salgo a la calle por estos días.

Por las cercas, y a veces alrededor de las puertas de las casas, se entorchan gruesos nudos leñosos de donde cuelgan por algunos días los más exquisitos racimos de florecillas lilas: las glicinias (en inglés, wisteria). En japonés se llaman 藤 (“fuji”; la palabra no guarda relación con el monte Fuji (富士山). Recuerdo que en el campus de la Universidad de Tsukuba había una pérgola de glicinias a la orilla de un lago que se usaba como telón de fondo de algunos conciertos estudiantiles. Creo que allá son más veraniegas. Mientras tanto, acá se sincronizan con las inflorescencias del orgullo de Madeira. Vaya nombre. No se me ocurre una flor más norcaliforniana y resulta que es de una remota isla portuguesa. Bueno, pues menos mal se adaptó, porque no puedo concebir el paisaje local sin su presencia.

El caso es que uno sale a caminar en San Francisco y las calles y los muros están notablemente salpicados de morado. El morado es un color misterioso: una amiga fotógrafa, mientras se concentraba en unos lirios violetas durante una visita a Tsukuba (nuevamente a orillas de un lago), me dijo que era un color difícil de capturar fielmente, y hoy mismo me enteré de que el pigmento morado en los esmaltes de uñas tiende a degradarse más rápidamente que otros colores. El morado nos da guerra; tal vez por eso es tan fascinante.

Las glicinias que he visto en la calle ya se están marchitando, pero una de ellas promete nuevas flores. Yo que no tengo cómo inmortalizarlas no puedo sino seguir saliendo a caminar, seguir deteniéndome unos segundos a contemplarlas, seguirme sintiendo rodeada de ellas, y del orgullo de Madeira, y de tantos otros morados. Hasta que, de repente, ya no quede ninguno. Y así hasta el próximo año.

0 Responses to “Wisteria”


  • No Comments

Leave a Reply