{"id":5033,"date":"2012-11-16T20:51:09","date_gmt":"2012-11-17T01:51:09","guid":{"rendered":"http:\/\/olaviakite.com\/doblepensar\/?p=5033"},"modified":"2012-11-25T01:56:56","modified_gmt":"2012-11-25T06:56:56","slug":"back-in-san-francisco-day-2-japantown","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/olaviakite.com\/doblepensar\/2012\/11\/16\/back-in-san-francisco-day-2-japantown\/","title":{"rendered":"Back in San Francisco, Day 2: Japantown"},"content":{"rendered":"<p>En <em>Las esferas del drag\u00f3n<\/em>, el maestro Roshi le entrega a Gok\u00fa una pesada caparaz\u00f3n de tortuga para que entrene con ella a cuestas todos los d\u00edas. El m\u00e9todo sugiere que uno se acostumbra tanto al peso extra que, cuando finalmente se libera de \u00e9l, adquiere una ligereza que lo lleva a uno a saltar alt\u00edsimo y correr como el rayo.<\/p>\n<p>As\u00ed me sent\u00ed yo cuando me quit\u00e9 el morral que llev\u00e9 a Japantown.<\/p>\n<p>Ten\u00eda que dejar a Cavorite en un edificio <em>art deco<\/em> rosado hermos\u00edsimo sobre Market Street. Despu\u00e9s quedaba libre para hacer cualquier cosa hasta recibir la se\u00f1al de reencuentro. Armada con un mapa, un paraguas y un morral \u2014el kit para trabajar en alg\u00fan caf\u00e9\u2014 cog\u00ed por cualquier calle y segu\u00ed derecho, derecho, a ver qu\u00e9. Modifiqu\u00e9 el curso un par de veces, par\u00e9 por un s\u00e1ndwich de salm\u00f3n con aguacate y un batido de coco con aguacate \u2014palta, palta, palta\u2014 en un sitio con un letrero grande que dec\u00eda &#8220;free wifi&#8221; \u2014donde con cierta perplejidad me dijeron que no hab\u00eda conexi\u00f3n a Internet cuando ped\u00ed la clave, como si el letrero no existiera y yo estuviera loca\u2014, y sub\u00ed sub\u00ed sub\u00ed y baj\u00e9 baj\u00e9 baj\u00e9.<\/p>\n<div style=\"width: 410px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"   \" src=\"http:\/\/farm9.staticflickr.com\/8061\/8215384655_3dc6d0025a.jpg\" alt=\"\" width=\"400\" height=\"265\" \/><p class=\"wp-caption-text\"><em>Art deco en San Francisco.<\/em><\/p><\/div>\n<p>En el descenso de la loma el paisaje se empez\u00f3 a poner raro: faroles de piedra en los jardines, letreros en japon\u00e9s, un estanque en el centro de un conjunto de edificios, un templo. Era como haber pasado un portal interdimensional y encontrarme en un nuevo mundo que era pero no era familiar. Un barrio inclinado de Tokio <em>but not quite<\/em>. Durante un rato me sent\u00ed explorando un planeta desconocido donde curiosamente entend\u00eda la escritura y del que <em>recordaba<\/em> cosas sin haber estado all\u00ed antes. El nivel de extra\u00f1eza aumentaba al no haber nadie en la plazoleta central donde se ergu\u00eda una especie de pagoda con cara de sombrilla m\u00faltiple. Un planeta abandonado, adem\u00e1s. Entonces encontr\u00e9 la palabra \u5e73\u548c (<em>heiwa<\/em>, &#8220;paz&#8221;) en un muro detr\u00e1s de la pagoda, y ah\u00ed s\u00ed tuve un recuerdo <em>de verdad<\/em>.<\/p>\n<p>La primera vez que fui a San Francisco yo no ten\u00eda m\u00e1s referencia de Jap\u00f3n que un jovencito mechudo de Maebashi y su modo de ser y actuar. Tiempo despu\u00e9s aprend\u00ed que no todos los japoneses eran como \u00e9l \u2014menos mal\u2014, pero por lo pronto \u00e9l era mi pedacito de archipi\u00e9lago. Este pedacito se convert\u00eda en toda una experiencia de confines del Pac\u00edfico en escenarios tales como el <em>kaitenzushi<\/em> en Chicago donde gritaban &#8220;irasshaimase!&#8221; cuando uno entraba, el supermercado Mitsuwa, el jard\u00edn japon\u00e9s de St. Louis o, l\u00f3gicamente, Japantown. Lo hice parar tras la pagoda, frente al letrero que no pod\u00eda leer, y le tom\u00e9 una foto. Mi japon\u00e9s en pseudo-Jap\u00f3n: lo m\u00e1s cercano que jam\u00e1s estar\u00eda a <em>the real deal<\/em>.<\/p>\n<p>Pero ya sabemos que no fue as\u00ed.<\/p>\n<p>Entr\u00e9 a un centro comercial con mi morral al hombro y empec\u00e9 a ver kimonos, paquetes de pl\u00e1stico color pastel y utensilios de cocina. Quisiera decir que el paisaje concordaba con el que hab\u00eda visto nueve a\u00f1os atr\u00e1s, pero no: esta vez lo entend\u00eda. Todo ten\u00eda un lugar en mi memoria, pero en otro escenario. Quise hablarle en japon\u00e9s a la cajera de la librer\u00eda Kinokuniya como si del Kinokuniya de Shinjuku se tratara, mas no fui capaz. Luego, en la papeler\u00eda Maid\u014d, me cre\u00ed una estudiante de la Universidad de Tsukuba que probaba esferos de colores en el Maruzen frente al auditorio. Prolongar el sue\u00f1o me costar\u00eda caro. No obstante, no pude resistirme a pagar por quedarme con algunas de sus piezas.<\/p>\n<p>Cuando ya estaba por salir del centro comercial, me encontr\u00e9 un puestecillo donde una anciana vend\u00eda onigiris reci\u00e9n hechos. Al ver la escena, sent\u00ed que ten\u00eda que hablar japon\u00e9s necesariamente, como si la se\u00f1ora ligeramente encorvada y las bolitas de arroz estuvieran tan ancladas al ensue\u00f1o en el que me hab\u00eda envuelto que no pudieran contaminarse con un pedido en ingl\u00e9s. Entonces habl\u00e9, milagrosamente sin miedo. Quise quedarme en ese limbo por siempre, pero parte de la felicidad radicaba en tener a qui\u00e9n volver. El camino era largo. Las puertas se abrieron y me dejaron intempestivamente en el agua.<\/p>\n<p>Lentamente, bajo la lluvia, volv\u00ed al edificio <em>art deco<\/em> rosado y esper\u00e9 a Cavorite al calor del caf\u00e9 con leche m\u00e1s feo de la galaxia. Apareci\u00f3. Recibi\u00f3 una llamada. Esper\u00e9 otro rato. Ahora hab\u00eda que celebrar el final del d\u00eda. De nuevo a Japantown. Me quit\u00e9 el morral y us\u00e9 mis brazos livian\u00edsimos para entregarle un par de onigiris de mis sabores favoritos y ayudarle a destaparlos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En Las esferas del drag\u00f3n, el maestro Roshi le entrega a Gok\u00fa una pesada caparaz\u00f3n de tortuga para que entrene con ella a cuestas todos los d\u00edas. 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